El molino de Floss

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—Señora, que es una pieza tarada —insistió Bob con tono de desprecio—. ¡No hará nada con ella, señora! Se la dará a la cocinera, ya lo sé, y sería una pena porque parecerá una señora: no es adecuada pa una criada.

—Cójala y mídala —ordenó la señora Glegg.

Bob obedeció a regañadientes.

—¡Mire lo que sobra! —dijo, mostrando media yarda, mientras la señora Glegg examinaba el trozo estropeado y echaba la cabeza hacia atrás para juzgar si se veía la tara de lejos.

—Le doy seis chelines por ella —soltó la señora Glegg con aire de quien da un ultimátum.

—Señora, si ya le dije que le ofendería mirar mi fardo. Ese trozo estropeado le ha revuelto el estómago, me doy cuenta —dijo Bob, recogiendo la muselina a toda velocidad con intención aparente de recoger la carga—. Cuando usté vivía en la casa de piedra, estaba usté acostumbrada a que los buhoneros le trajeran otro tipo de artículos. La venta ambulante ya no es lo que era, ya se lo he dicho: lo que yo llevo es pa gente vulgar. La señora Pepper me dará diez chelines por esa muselina y será una pena que no le pida más. Estos artículos se amortizan: conservan el color hasta que se deshacen los hilos en la tina de lavar, cosa que no sucederá mientras yo sea joven.


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