El molino de Floss

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—Bien, pues siete chelines —dijo la señora Glegg.

—Quíteselo de la cabeza, señora —dijo Bob—. Aquí tiene un trozo de visillo, pa que lo mire mientras recojo el fardo. Pa que vea en qué se ha convertido este oficio. Con topos y ramitas, ya ve; bonito, pero amarillento: se ha quedado arrinconado y ha cogido ese color. Nunca habría podido comprar un visillo de esta calidad si no hubiera estado de este color. Pardiez, me ha costado mucho aprender el valor de estos artículos; cuando empecé a llevar el fardo era ignorante como un cerdo: no distinguía entre el visillo y el calicó. Creía que las telas, cuanto más gruesas, más valían. Me asusté, porque soy un tipo simple, incapaz de artimañas, señora. No veo mucho más allá de mi nariz y si voy más lejos, temo equivocarme. Y di cinco chelines con ocho peniques por este retal pa visillos, y si le dijera otra cosa, estaría contándole mentiras: y cinco chelines con ocho peniques pediré por él, ni un penique más, porque es un artículo pa mujer y a mí me gusta complacerlas. Cinco con ocho por seis yardas: es tan barato como si se pagara sólo el polvo que cubre la tela.

—No me importaría quedarme tres yardas —dijo la señora Glegg.


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