El molino de Floss
El molino de Floss —Caramba, si hay seis en total —dijo Bob—. No, señora, no le merece la pena: mañana mismo puede ir a la tienda y comprar el mismo dibujo blanqueado. Sólo le costará tres veces más, pero ¿qué es eso pa una señora como usté? —añadió Bob, atando el fardo con énfasis.
—Vamos, deme esa muselina —ordenó la señora Glegg—. Tenga ocho chelines por ella.
—Estará de broma, señora —dijo Bob, mirándola con aire divertido—. En cuanto la vi en la ventana, me di cuenta de que usté es una dama muy bromista.
—Bien, apártemela —ordenó la señora Glegg.
—Pero si se la dejo por diez chelines, señora, espero que tenga la bondá de no decÃrselo a nadie. Me convertirÃa en el hazmerreÃr de mi gremio, se burlarÃan de mà si lo supieran. Tengo que hacer creer que pido más por mi mercancÃa, si no se darán cuenta de que soy tonto. Le agradezco que no insista en comprar el visillo, porque entonces habrÃa perdido mis dos mejores gangas y pensaba ofrecérselas a la señora Pepper de Fibb’s End, que es una buena clienta.
—Déjeme ver otra vez el visillo —dijo la señora Glegg, encaprichada con los topos y las ramitas, ahora que los perdÃa de vista.