El molino de Floss
El molino de Floss —Bien, no puedo negarme, señora —dijo Bob, tendiéndoselo—. ¡Qué dibujo! Auténticas manufaturas de Laceham. Ésta es la clase de telas que recomiendo que envÃe el señor Tom. Pardiez, es un buen artÃculo pa cualquiera que tenga un poco de dinero. Estas telas de Laceham harán que el dinero crÃe como conejos. ¡Si yo fuera una señora con un poco de dinero! Vaya, conocà una que puso treinta libras en este negocio, una señora con una pierna de madera, pero tan lista que no habÃa quien la pillara: antes de empezar cualquier cosa, ya sabÃa por dónde tenÃa que ir. Pues bien, prestó treinta libras a un joven dedicado a la pañerÃa y él las invirtió en tejidos de Laceham; un oficial encargado de la carga que es amigo mÃo, aunque no es Salt, se las llevó, y consiguió el ocho por ciento a la primera, y ahora estará enviando mercancÃas en todos los barcos, hasta que se haga tan rica como un judÃo. Bucks se llama, no vive en esta ciudad. Ahora, señora, si hiciera el favor de darme ese retal de visillo…
—Quince chelines por los dos —propuso la señora Glegg—, pero es un precio vergonzoso.