El molino de Floss

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—Quia, señora. No lo dirá cuando lleve cinco años arrodillándose en la iglesia. Le estoy haciendo un regalo, de veras. Esos ocho peniques me recortan los beneficios como una navaja. Ahora, señor —prosiguió Bob, echándose el fardo al hombro—, si hace usté el favor, quisiera ir a encargarme de ayudar al señor Tom a hacerse rico. Ah, me gustaría que tuviera otras veinte libras pa prestármelas a mí: las emplearía más deprisa de lo que se tarda en decir el catecismo.

—Aguarda un momento, Glegg —dijo la dama cuando su esposo cogía el sombrero—. Nunca quieres darme oportunidad de hablar. Vete ahora y ocúpate de este negocio, y al regresar dime si todavía estoy a tiempo de hablar. ¡Como si no fuera tía de mi propio sobrino y cabeza de su familia materna! Como si no tuviera unas buenas guineas apartadas para él, así sabrá a quién debe respetar cuando yo esté en el ataúd.

—Vamos, señora Glegg, di lo que quieras decir de una vez —la apremió el señor Glegg.

—Bien, deseo que no se haga nada sin que yo lo sepa. No digo que no vaya a arriesgar veinte libras, si averiguas que todo es correcto y seguro. Y, si lo hago, Tom —concluyó la señora Glegg, volviéndose hacia su sobrino con aire imponente—, espero que recuerdes siempre y guardes agradecimiento a esta tía. Ya sabes que te pediré un interés, porque no soy partidaria de dar cosas: en mi familia nunca hemos esperado regalos.


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