El molino de Floss

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El brazo de Tom se relajó lentamente.

—Pues son dos sedales nuevos para pescar: uno para ti, Maggie, para ti sola. No he querido pagar a medias los toffees ni las galletas de jengibre para ahorrar dinero; y Gibson y Spouncer se pelearon conmigo. Aquí tengo los anzuelos, ¡mira! Oye, ¿vamos mañana a pescar al estanque redondo? Podrás pescar tú solita, Maggie, poner los gusanos y todo lo demás. Qué divertido, ¿no?

A modo de respuesta, Maggie rodeó el cuello de Tom con los brazos, lo estrechó y apretó su mejilla contra la de él sin decir nada. Él, mientras tanto, desenrollaba lentamente un poco de hilo.

—¿A que soy un buen hermano por comprarte un sedal? —preguntó tras una pausa—. Ya sabes que no tenía por qué comprarlo si no quería.

—Eres buenísimo… Y yo te quiero mucho, Tom.

Tom se había guardado el sedal en el bolsillo y examinó los anzuelos, uno por uno, antes de hablar.

—Y los chicos se pelearon conmigo porque no cedí con lo de los toffees.

—Vaya, me gustaría qué nadie se peleara contigo, Tom. ¿Te hicieron daño?

—¿Daño? No —contestó Tom. Envolvió de nuevo los anzuelos, sacó una gran navaja, abrió lentamente la hoja más grande y la examinó con aire meditabundo mientras deslizaba un dedo a lo largo.


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