El molino de Floss
El molino de Floss —Maggie —dijo Tom con aire confidencial, llevándosela a un rincón, en cuanto su madre se marchó para examinar el contenido de la caja del equipaje y el cálido salón lo despojó del frÃo que habÃa sentido durante el largo viaje—: a que no sabes lo que tengo en el bolsillo —anunció moviendo la cabeza arriba y abajo para producir mayor sensación de misterio.
—No. Parece redondo y pesado. ¿Son canicas o avellanas? —contestó Maggie con cierto disgusto, porque Tom siempre decÃa que no valÃa la pena jugar con ella a esos juegos porque lo hacÃa muy mal.
—No son canicas. Las he cambiado todas con unos niños. Y las avellanas no son divertidas, tonta, sólo sirven cuando están verdes. ¡Mira esto! —dijo, enseñando el extremo de algo que llevaba en el bolsillo derecho.
—¿Qué es? —preguntó Maggie con un susurro—. Sólo veo un trocito de algo amarillo.
—¡AdivÃnalo, Maggie!
—Ya sabes que no soy capaz de adivinarlo, Tom —contestó Maggie impaciente.
—Si tienes malas pulgas, no te lo diré —dijo Tom, metiendo la mano de nuevo en el bolsillo con aire resuelto.
—No, Tom —imploró Maggie, asiendo el rÃgido brazo de Tom—. Si no me enfado, Tom: es que no me gusta jugar a las adivinanzas. Por favor, sé bueno.