El molino de Floss
El molino de Floss Con todo, se mostró dispuesto a aceptar los besos, aunque Maggie se le colgó al cuello como si quisiera estrangularlo, mientras sus ojos de color gris azulado vagaban por la granja, los corderos y el río, al que se prometió ir a pescar al día siguiente en cuanto se levantara. Era uno de esos chicos que se pueden encontrar en cualquier lugar de Inglaterra y que, a los doce o trece años, son tan parecidos entre sí como los ansarones: tenía el cabello castaño claro, las mejillas sonrosadas, los labios gruesos y la nariz y las cejas indefinidas; en suma, una fisionomía en la que parecía imposible discernir otra cosa que la muchachez, radicalmente opuesta a la de Maggie, a la cual la Naturaleza parecía haber moldeado y coloreado con la más definida de las intenciones. Sin embargo, esta misma Naturaleza posee una profunda astucia y se esconde cuando simula ser diáfana, de modo que las personas simples creen poder ver a través de ella con facilidad mientras ésta prepara una refutación de sus confiadas profecías. Bajo estas fisionomías de muchacho, tan frecuentes que parecen fabricadas en serie, oculta algunos de sus propósitos más rígidos e inflexibles, algunos de los caracteres más inamovibles; y, al mismo tiempo, la niña efusiva y rebelde de ojos oscuros puede resultar una persona pasiva en comparación con este pequeño fragmento de masculinidad de rasgos anodinos.