El molino de Floss
El molino de Floss —Oh, no. No quiero quedarme para oÃrla —dijo Maggie, poniéndose en pie—. Después no podrÃa quitármela de la cabeza. Caminemos un poco, Philip. Tengo que irme a casa.
Maggie se alejó y Philip se vio obligado a ponerse en pie y seguirla.
—Maggie —dijo en tono de reproche—. No persistas en esta privación voluntaria y sin sentido. Me destroza ver cómo embotas y aturdes tu carácter de este modo. Estabas tan llena de vida cuando eras pequeña… pensaba que serÃas una mujer brillante, toda ingenio, con una imaginación genial. Y todavÃa se advierten, de vez en cuando, destellos en tu rostro, hasta que echas por encima este velo de pasividad.
—¿Por qué me dices cosas tan amargas, Philip? —preguntó Maggie.
—Porque preveo que esto no va a terminar bien; no podrás seguir adelante con esta tortura.
—Espero que se me conceda fuerza suficiente —dijo Maggie temblorosa.
—No, Maggie: nadie recibe fuerzas para hacer algo antinatural. Es pura cobardÃa buscar la seguridad en las negaciones. Ningún carácter se hace fuerte de este modo. Algún dÃa te verás lanzada al mundo y entonces todas las satisfacciones racionales de tu naturaleza que ahora te niegas te asaltarán como un deseo salvaje.