El molino de Floss
El molino de Floss Maggie se sobresaltó y se detuvo, mirando a Philip con expresión de alarma.
—Philip, ¿cómo te atreves a agitarme de este modo? Estás tentándome.
—No, no te tiento; pero el amor nos hace más perspicaces, Maggie, y la perspicacia muchas veces ayuda a augurar el rumbo de las cosas. Haz el favor de escucharme, permite que te dé libros. Deja que te vea de vez en cuando, que sea tu hermano y profesor, como dijiste en Lorton. Es preferible que me veas a que cometas este largo suicidio.
Maggie se sintió incapaz de hablar. Negó con la cabeza y caminó en silencio hasta que llegaron al final de los pinos albares y extendió la mano en un gesto de despedida.
—Entonces, Maggie, ¿me destierras de este lugar para siempre? Imagino que podré venir a caminar algunas veces y, si entonces nos encontramos por casualidad, no estaremos ocultando nada, ¿verdad?
Es precisamente cuando nuestra decisión parece a punto de ser irrevocable —cuando las puertas de hierro fatales están a punto de cerrarse sobre nosotros— el momento en que se pone a prueba nuestra fuerza. Entonces, tras horas de claros razonamientos y firmes convicciones, nos aferramos a cualquier sofisma que anule nuestras largas luchas y nos traiga una derrota que deseamos más que la victoria.