El molino de Floss

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—No me des la lata, Maggie. Qué pesada eres. Me voy a ver los conejos. El corazón de Maggie latió asustado. No se atrevió a decirle la verdad, pero caminó detrás de Tom en un silencio tembloroso, pensando en cómo podría darle la noticia de modo que le aplacara la pena y el enfado. Maggie temía la rabia de Tom más que ninguna otra cosa: era muy distinta de la suya.

—Tom —dijo tímidamente cuando se encontraban ya en el exterior de la casa—. ¿Cuánto te costaron los conejos?

—Dos medias coronas y seis peniques —contestó Tom al instante.

—Me parece que tengo mucho más que eso en mi portamonedas. Le diré a mamá que te lo dé.

—¿Para qué? —preguntó Tom—. No quiero tu dinero, tonta. Tengo mucho más dinero que tú porque soy un chico. En Navidades siempre me dan monedas de medio soberano o de un soberano, porque yo seré un hombre. Y a ti sólo te dan monedas de cinco chelines, porque sólo eres una niña.

—Bueno, es que… Tom, ¿y si madre me dejara darte dos medias coronas y seis peniques para que te las gastaras… en más conejos?

—¿Más conejos? No quiero tener más.

—¡Es que se han muerto todos, Tom!

Tom se detuvo de inmediato y se volvió hacia Maggie.


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