El molino de Floss
El molino de Floss —Te has olvidado de darles de comer. Y a Harry también se le ha olvidado —afirmó. Durante unos instantes, su rostro se puso colorado—. Se las va a cargar: haré que lo echen. Y no te quiero, Maggie. Mañana no vendrás a pescar conmigo. Te dije que fueras a verlos cada dÃa —añadió, y se puso de nuevo en marcha.
—SÃ, pero se me olvidó. No pude remediarlo, de verdad, Tom, Lo siento muchÃsimo —dijo Maggie, mientras le saltaban las lágrimas de los ojos.
—Eres una niña mala —regañó Tom con severidad—. Y siento haberte comprado el sedal. Ya no te quiero.
—Oh, Tom, no seas tan cruel —sollozó Maggie—. Si se te olvidara algo, yo te perdonarÃa. Fuera lo que fuera, te perdonarÃa y te querrÃa.
—SÃ, tú eres tonta. Pero a mà nunca se me olvida nada.
—Por favor, perdóname, Tom. Me da muchÃsima pena —suplicó Maggie, agitándose con los sollozos mientras agarraba el brazo de Tom y le apoyaba la mejilla mojada en el hombro.
Tom se la sacudió y se detuvo.
—Escucha, Maggie: ¿soy un buen hermano? —preguntó en tono imperioso.
—Ss-sà —hipó Maggie con la barbilla tembloroso.