El molino de Floss

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Esta afirmación general con que la señora Pullet presentaba el hecho de haber visto a Philip en dos ocasiones en el lugar indicado produjo gran efecto en Maggie, acentuado por el hecho de que tenía a Tom delante y quiso esforzarse en parecer indiferente. Al oír el nombre de Philip había enrojecido y siguió enrojeciendo, hasta que la mención de las Fosas Rojas le hizo creer que habían desvelado su secreto y ni siquiera se atrevió a sostener la cucharilla de té, no fuera a resultar evidente su temblor. Permaneció sentada, con las manos unidas bajo la mesa, sin atreverse a levantar la vista. Afortunadamente, su padre estaba sentado al mismo lado que ella, al otro lado del tío Pullet y no podía verle la cara a menos que se inclinara hacia delante. La voz de su madre aportó cierto alivio al desviar la conversación, porque la señora Tulliver se alarmaba siempre que se mencionaba el nombre de Wakem en presencia de su esposo. Poco a poco Maggie fue recuperando suficiente compostura para alzar la vista: sus ojos se encontraron con los de Tom, pero éste los apartó de inmediato y aquella noche Maggie se acostó preguntándose si su confusión había sembrado en él alguna sospecha. Tal vez no, quizá pensara que sólo se había alarmado porque su tía había mencionado a Wakem delante de su padre: ésa era la interpretación de su madre. Para su padre, Wakem era como una enfermedad desfiguradora: se veía obligado a soportar la conciencia de su existencia, pero le sacaba de quicio que la reconocieran los demás. Nadie podía sorprenderse de que se mostrara muy sensible a los deseos de su padre, pensaba Maggie.


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