El molino de Floss

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Aquella tarde, hacia las tres y media, Tom se encontraba en el muelle hablando con Bob Jankin sobre la probabilidad de que un buen barco llamado Adelaide llegara en el plazo de uno o dos días con resultados muy importantes para ambos.

—¡Eh! —interrumpió Bob, mientras miraba hacia los campos situados al otro lado del río—. Ahí va Wakem, el jorobao. Lo reconozco, a él o a su sombra, na más los veo. Tropiezo mucho con él por ese lado del río.

Un pensamiento repentino pareció asaltar a Tom.

—Tengo que irme, Bob. Debo hacer una cosa —dijo, y salió a toda prisa en dirección al almacén, donde dejó recado de que alguien ocupara su puesto porque un asunto urgente lo reclamaba en su casa.

Un paso rápido y un atajo lo llevaron al instante hasta la puerta de la valla de su casa, y mientras descansaba un poco antes de abrirla, para entrar en la casa con total compostura, Maggie salió por la puerta delantera cubierta con una capota y un chal. Su suposición parecía cierta y la aguardó junto a la valla. Maggie se sobresaltó cuando lo vio.

—Tom, ¿cómo es que vienes a casa? ¿Pasa algo? —preguntó con voz trémula.


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