El molino de Floss
El molino de Floss —No, no es todo. El sábado me dijo que me querÃa. A mà ni me habÃa pasado por la cabeza, lo consideraba un viejo amigo.
—¿Y le diste esperanzas? —preguntó Tom con expresión de desagrado.
—Le contesté que yo también lo amaba.
Tom permaneció en silencio durante unos momentos, mirando el suelo y frunciendo el ceño, con las manos metidas en los bolsillos. Finalmente, levantó los ojos.
—Bien, Maggie —dijo frÃamente—. Decide qué prefieres: o me juras solemnemente, con la mano sobre la Biblia de nuestro padre, que nunca más volverás a citarte o a hablar en privado con Philip Wakem o te niegas y yo se lo cuento todo, y este mes cuando mi esfuerzo podrÃa hacer que se sintiera feliz otra vez, le darás un duro golpe cuando se entere de que eres una hija desobediente y mentirosa, que pone en entredicho su reputación con citas clandestinas con el hijo del hombre que ha ayudado a arruinar a su padre. ¡Elige! —exclamó Tom con frÃa decisión, dirigiéndose hacia la gran Biblia, tomándola y abriéndola por las guardas manuscritas.
Maggie se enfrentaba a una alternativa terrible.
—Tom —dijo, empujada a suplicar por su mismo orgullo—. No me pidas eso. Te prometo dejar de citarme con él si permites que lo vea una sola vez o le escriba y se lo explique todo, que lo dejo para no causar dolor a mi padre. Siento algo por él, no es feliz.