El molino de Floss

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Tras una leve presión de las manos y un breve encuentro de miradas como aquéllos, es frecuente que una damita quede levemente ruborizada y con una sonrisa en los labios que no desaparece en cuanto se cierra la puerta, y tienda a caminar de aquí para allá por la habitación en lugar de sentarse tranquilamente ante su bordado u otra ocupación racional y edificante. Por lo menos, ése fue el efecto que causó en Lucy; y espero que no consideres, lector, indicio de que la vanidad se imponía sobre otros impulsos más tiernos el que echara algún vistazo al espejo de la chimenea cuando sus pasos la acercaban a éste. El deseo de saber que una no ha tenido aspecto de espantajo durante las escasas horas de conversación puede considerarse parte de una atención laudable y generosa hacia los demás. Y el carácter de Lucy era tan benevolente que tiendo a creer que impregnaba incluso sus pequeños egoísmos, de la misma manera que en otras personas, de todos conocidas, los pequeños gestos benevolentes poseen un aroma, algo fétido, a egoísmo. Incluso en este momento, mientras camina arriba y abajo con un latido levemente triunfal en su corazón juvenil y la sensación de que la ama la persona más importante de su reducido mundo, se observa en sus ojos avellana una omnipresente y risueña benignidad en la que los efímeros destellos de vanidad casi han desaparecido, y si es feliz cuando piensa en su enamorado, es porque sus pensamientos se mezclan rápidamente con todas los dulces afectos y bondadosos cometidos con que llena sus apacibles días. Incluso en este momento, con esta alternancia instantánea que hace que dos corrientes de sentimientos o fantasías parezcan simultáneas, su pensamiento pasa continuamente de Stephen a los preparativos inacabados para la habitación de Maggie. La prima Maggie debía recibir el mismo trato que una gran dama: no, mejor incluso, porque tendría en su dormitorio los mejores dibujos e ilustraciones de Lucy, y el mejor ramo de flores primaverales sobre la mesa. A Maggie le gustaría todo aquello, ¡le gustaban tanto las cosas bonitas! Y la pobre tía Tulliver, de la que nadie se ocupaba… se llevaría una sorpresa cuando recibiera una cofia buenísima y el brindis en su honor que Lucy pensaba organizar con su padre aquella tarde. ¡Desde luego, no tenía tiempo que perder recreándose en los sueños sobre sus felices amoríos! Con estos pensamientos se dirigió hacia la puerta, pero allí se detuvo.


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