El molino de Floss
El molino de Floss Maggie no creía que aquello tuviera un mérito especial, pero de bastaba con que Tom la llamara Maggie y estuviera contento con ella. Nada en los susurros y los silencios evocadores podía estropear el placer de escuchar el suave goteo del pez al salir del agua y el leve rumor; como si los sauces, las cañas y el agua también se comunicaran con murmullos. Maggie pensó que el cielo podría ser así: estar sentada junto al estanque y que nadie la regañara nunca. A pesar de que le gustaba mucho ir de pesca, nunca se daba cuenta de que había picado un pez hasta que Tom se lo advertía.