El molino de Floss

El molino de Floss

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Aquella fue una de sus mañanas felices. Trotaron por ahí y se sentaron juntos sin pensar en que la vida pudiera cambiar mucho para ellos: se limitarían a crecer, a dejar el colegio y todo sería siempre como en vacaciones; vivirían siempre juntos y se querrían mucho. Todo sería siempre igual: el molino con su estruendo; el gran castaño, bajo el cual jugaban a casitas; el Ripple, su pequeño río particular, cuyas orillas eran como su casa, en las que Tom buscaba siempre ratas de agua mientras Maggie recogía los plumeros purpúreos de las cañas, que después olvidaba y dejaba tirados; y, por encima de todo, el gran Floss a lo largo del cual vagaban con sensación de aventura, para ver cómo la marea de primavera —el terrible macareo— se alzaba cual un monstruo hambriento, o para visitar el Gran Fresno, que una vez gimió y gruñó como un hombre. Tom pensaba que todos los que vivían en otro lugar del mundo tenían peor suerte, y Maggie, cuando leía que Cristiana[3] cruzaba «el río sobre el que no hay puent» siempre veía el Floss entre prados verdes, junto ad Gran Fresno.






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