El molino de Floss

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Cuando no tenía invitados, Wakem acostumbraba a salir por la noche, incluso a horas tan tempranas como las siete y media; y puesto que era ya media tarde, Philip cerró con llave su habitación y salió a dar un largo paseo con la idea de no regresar hasta que su padre hubiera salido de casa. Se metió en un bote y bajó el río hasta llegar a uno de sus pueblos favoritos, donde cenó y se entretuvo hasta que se hizo la hora de regresar. Nunca se había peleado con su padre y sentía el desagradable temor de que la disputa se prolongara durante semanas. Y durante ese tiempo, ¿qué era lo que no podría suceder? No se permitía pensar en el significado de aquella pregunta involuntaria. Pero si podía llegar a convertirse alguna vez en el novio oficial y reconocido de Maggie, los vagos temores tendrían menos fundamento. Subió de nuevo al estudio de pintura y se echó sobre el sillón con sensación de fatiga; miró las marinas con olas y rocas dispuestas a su alrededor hasta que cayó en un sueño en el que veía a Maggie deslizándose por una cascada verde, resbaladiza y brillante mientras él la miraba indefenso, hasta que lo despertó lo que le pareció un estruendo repentino y horrible.

Era la puerta que se abría y apenas habría dormido unos minutos porque no se advertía ningún cambio perceptible en la luz de la tarde. Entró su padre con un cigarro en la boca. Philip hizo un gesto para cederle el sillón.


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