El molino de Floss

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—Oh, espero que no tarde en arreglarse —dijo Lucy, tan satisfecha que resultaba poco discreta, con aire de saber más del asunto. Sin embargo, Stephen no pareció reparar en su comentario y, puesto que se aproximaban algunas compradoras, fue acercándose hacia el rincón de Maggie. Toqueteó algunos objetos y se mantuvo a cierta distancia hasta que Wakem, que había sacado ya la cartera, terminó la transacción.

—Mi hijo ha venido conmigo —oyó que decía Wakem—, pero se ha esfumado en algún rincón del edificio y ha dejado para mí estas atenciones caritativas. Espero que le reproche su mala conducta.

Sin decir nada, ella le devolvió la sonrisa y la inclinación, y Wakem se dio la vuelta. Entonces vio a Stephen y lo saludó con un movimiento de cabeza. Maggie, consciente de que Stephen seguía allí, se entretuvo contando el dinero y evitó levantar la vista. Se había alegrado de que hubiera prestado atención sólo a Lucy y no se hubiera acercado a ella. Habían empezado el día con un saludo indiferente y ambos se habían sentido satisfechos de mantenerse alejados, como un paciente capaz de pasarse sin la dosis de opio a pesar de los fracasos previos. Y durante los últimos días incluso habían estado preparándose para los fracasos, meditando sobre los acontecimientos que pronto los separarían, motivo para prescindir de la conquista de sus propios sentimientos.


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