El molino de Floss
El molino de Floss —¡Oh, no! —dijo Stephen—. Deben de estar pensadas para personas imaginativas que en un dĂa cálido como Ă©ste se hielan si piensan en el helado Cáucaso. Ya sabe usted que yo soy más severo. Convenza usted a Philip de que los compre. Por cierto, Âżpor quĂ© no ha venido?
—No le gusta ir a lugares donde hay demasiada gente, aunque le encarecĂ que viniera. Me dijo que se quedarĂa con todo lo que los demás no quisieran. Pero ahora vaya a comprarle algo a Maggie.
—No, no. Mire, ahora tiene un cliente: el viejo Wakem acaba de llegar. Lucy volviĂł los ojos con interĂ©s e inquietud hacia Maggie para ver cĂłmo se desenvolvĂa en aquel primer encuentro, desde un tiempo tristemente memorable, con un hombre hacia el que, probablemente, experimentaba una extraña mezcla de sentimientos, pero se alegrĂł al comprobar que Wakem tenĂa tacto suficiente para ponerse a hablar de los gĂ©neros que se vendĂan en la feria y parecer interesado en comprar algo mientras le dirigĂa alguna sonrisa amable, sin darle oportunidad de hablar demasiado, puesto que advertĂa que estaba pálida y temblorosa.
—Vaya, Wakem está resultando amable con su prima —dijo Stephen por lo bajo a Lucy—. ¿Acaso se debe a pura magnanimidad? Usted me contó algo de una pelea familiar.