El molino de Floss

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En cuanto a la pequeña y dulce Lucy, su reciente y bienintencionado triunfo en relación con el molino y todos los cariñosos proyectos que imaginaba para Maggie y Philip contribuían a que estuviera muy animada, y no le proporcionaba más que placer la evidencia del atractivo de Maggie. Sin duda, ella también estaba encantadora, y en aquel acto público Stephen le prestaba toda la atención, comprando celosamente todos los artículos que había visto elaborar por sus manos y ayudando alegremente a engatusar a todos los clientes masculinos para que adquirieran las más afeminadas futilidades. Decidió dejar el sombrero y ponerse un fez escarlata bordado por ella, aunque los observadores superficiales no lo consideraron tanto un cumplido hacia Lucy como una señal de fatuidad. «Guest es un fatuo —señaló el joven Torry—, pero en Saint Ogg’s es una persona privilegiada y todo el mundo le sigue la corriente: si otro hiciera lo mismo que él, todo el mundo diría que estaba haciendo el ridícul». (El joven Torry era pelirrojo).

Y Stephen no compró nada del puesto de Maggie hasta que Lucy le dijo en tono bajo y ofendido:

—Mire, todo lo que ha tejido Maggie está a punto de venderse y usted no habrá comprado nada. Tiene esas cosas tan deliciosamente suaves para calentar las muñecas, cómpreselas.


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