El molino de Floss
El molino de Floss Todas las personas bien vestidas de Saint Ogg’s y de los alrededores se encontraban allí, y habría merecido la pena acudir incluso desde lejos para contemplar el hermoso y viejo Hall, con sus vigas vistas y las grandes puertas de dos batientes, también de roble, y la luz que, procedente de lo alto, caía sobre las multicolores prendas expuestas. Era un lugar pintoresco, con las paredes pintadas con anchas franjas desvaídas y algún animal heráldico, hirsuto y hocicudo, apreciados emblemas de la familia noble que en otros tiempos fuera propietaria de aquel caserón, convertido ahora en edificio municipal. Un gran arco, tallado en la parte superior de uno de los muros, remataba un escenario de roble, tras el cual había una sala, donde se habían colocado plantas de invernadero y mesas con viandas: un lugar muy agradable para los caballeros dispuestos a pasar el rato y cambiar los apretujones de la sala por un punto de vista más amplio. En realidad, aquel edificio antiguo se adaptaba tan bien a aquel propósito moderno que hacía elegante la caridad y llevaba, a través de la vanidad, a compensar las carencias, que nadie podía entrar en la sala sin comentarlo en más de una ocasión. Cerca del gran arco situado sobre la orquesta se encontraba un mirador de piedra con vidrieras pintadas, una de las venerables incoherencias del antiguo Hall; allí cerca tenía Lucy su puesto, debido a las necesidades de algunos artículos sencillos de cuya venta se encargaba en representación de la señora Kenn. Maggie le había rogado que le permitiera sentarse en el extremo abierto del puesto para vender estos artículos en lugar de las alfombrillas de cuentas y otros productos elaborados de los que sabía pocas cosas. Pero los batines para caballero, que se encontraban entre sus mercancías, no tardaron en convertirse en objeto de atención e interés general, y provocaron una curiosidad tremenda en cuanto a su calidad y sus méritos, así como una firme decisión de verificarlos mediante la prueba, de modo que su puesto no tardó en destacarse sobre los demás. Las damas que poseían bienes propios para vender y no deseaban batines, advirtieron de inmediato la frivolidad y el mal gusto de la preferencia masculina por artículos que podría proporcionarles cualquier sastre; y es posible que la enfática y diversa atención que se centró sobre la señorita Tulliver, en esta ocasión pública, proyectara más tarde en muchos de los presentes una luz poderosa e inequívoca sobre su conducta. Sin duda, no mora en el pecho de las damas caritativas la rabia por la belleza desdeñada, sino que los errores de las personas que en algún momento han sido objeto de admiración se hacen más intensos por mero contraste y, además, el destacado lugar que ocupaba Maggie aquel día por primera vez ponía en evidencia ciertas características que más tarde se consideraron de cierta relevancia significativa. La mirada directa de la señorita Tulliver resultaba algo atrevida, y su belleza poseía ciertas características toscas que la situaban, en opinión de todos los jueces femeninos, muy por detrás de su prima, la señorita Deane; porque las damas de Saint Ogg’s habían renunciado ya por completo, a favor de Lucy, a sus pretensiones de provocar la admiración del señor Guest.