El molino de Floss
El molino de Floss El bullicio del agua y el bramido del molino producen una sutil sordera que parece acentuar la paz de la escena. Son como una gran cortina sonora que aísla del mundo. Y, de repente, se oye el retumbar del enorme carromato que vuelve a casa cargado con sacos de grano. El honrado carretero piensa en la cena, que a estas horas tardías estará resecándose en el horno; pero no la tocará hasta después de haber alimentado a los caballos, animales fuertes y sumisos de ojos mansos que, imagino, lo miran con suave reproche desde detrás de las anteojeras por haber restallado el látigo de un modo tan terrible, ¡como si les hiciera falta! Observa, lector, cómo tensan los lomos al subir la cuesta hacia el puente con redoblado esfuerzo porque están ya cerca de casa. Mira las hirsutas e imponentes patas que parecen asir la tierra firme, la fuerza paciente de las cervices, dobladas bajo las pesadas colleras, y los poderosos músculos de las combativas grupas. Me gustaría oírlos relinchar ante el alimento ganado con esfuerzo y verlos, con las cervices liberadas de los arreos, hundir los ansiosos ollares en el estanque embarrado. Ahora están en el puente, lo bajan con paso más rápido y el arco del toldo del carromato desaparece en un recodo tras los árboles.