El molino de Floss

El molino de Floss

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Vuelvo de nuevo los ojos al molino y contemplo la rueda incesante que lanza diamantinos chorros de agua. Una niña también la está mirando: desde que yo me detuve en el puente, ha permanecido inmóvil junto al agua. Y aquel raro can blanco con una oreja castaña parece saltar y ladrar en una inútil protesta contra la rueda del molino; tal vez sienta celos de ésta porque su compañera de juegos, ataviada con una capotita de castor, está tan absorta en su movimiento. Me parece que ya es hora de que la niña entre en la casa, dentro de la cual arde un fuego brillante que puede tentarla: desde el exterior se percibe un resplandor rojo bajo el cielo cada vez más gris. También ha llegado el momento de que me marche y alce los brazos de la fría piedra de este puente…

Ah, tengo los brazos entumecidos. He apoyado los codos en los brazos del sillón mientras soñaba que me encontraba en el puente, ante el molino de Dorlcote, y éste tenía el mismo aspecto que otra tarde de febrero, muchos años atrás. Antes de adormilarme, tenía intención de contarte, lector, la conversación que mantenían el señor y la señora Tulliver ante el brillante fuego del salón de la izquierda aquella tarde en que he estado soñando.



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