El molino de Floss
El molino de Floss Para la mentalidad de los Dodson, trabajar como profesora o institutriz equivalía a «ponerse a servi», y que Maggie regresara a esa ínfima situación, ahora que las circunstancias le ofrecían otras posibilidades, probablemente sería un punto de conflicto con todos sus familiares, no sólo con Lucy. La antigua Maggie, en estado puro, con el cabello suelto y todavía en fase de promesa incierta, resultaba una sobrina muy poco deseable; pero la Maggie de ahora era capaz de ser al mismo tiempo ornamental y útil. El tema salió de nuevo en presencia del tío y la tía Glegg, mientras tomaban el té y unos bollos.
—¡Eh, eh! —exclamó el señor Glegg, dando unas afables palmaditas en la espalda de Maggie—. ¡Tonterías, tonterías! No nos digas que piensas volver a trabajar, Maggie. Caramba, seguro que pescaste media docena de enamorados en la venta benéfica, ¿no sirve ninguno? ¡Vamos!
—Glegg —dijo su esposa con la severa cortesía que hacía juego con su flequillo postizo más rizado—, te ruego que me perdones, pero me parece que no te comportas con la seriedad adecuada en un hombre de tu edad. El respeto y los deberes hacia sus tías y el resto de su familia, que tan bien se portan con ella, deberían haber impedido que se marchara de nuevo sin consultarnos. Y no los enamorados, si es que debo emplear esa palabra, que jamás se ha oído en mi familia.