El molino de Floss
El molino de Floss —No pude evitarlo, hermana —dijo la pobre señora Tulliver, acostumbrada a sentirse acusada—. Yo no querÃa, y me pasé noches enteras pensando en que mi mejor ropa blanca se perderÃa por todo el paÃs.
—Tome usted un caramelito de menta, señora Tulliver —dijo el tÃo Pullet con la sensación de ofrecer un consuelo barato y saludable, que él mismo recomendaba con el ejemplo.
—Pero, tÃa Pullet —dijo Lucy—, si tiene usted muchÃsima ropa preciosa. ¿Y si hubiera tenido hijas? También la habrÃa dividido cuando se hubieran casado.
—Bueno, no digo que no quiera hacerlo —dijo la señora Pullet—, porque ahora que Tom ha tenido tanta suerte, es justo que sus familiares lo ayudemos. Tengo las mantelerÃas que compré cuando se subastaron tus cosas, Bessy. Las compré por pura bondad, porque han estado desde entonces en el arcón. Pero no pienso dar más muselina india a Maggie ni cosas d d’esas si se l’ocurre ponerse a servir otra vez, cuando bien podrÃa quedarse conmigo, hacerme compañÃa y coser para mÃ, si es que no hace falta en casa de su hermano.