El molino de Floss
El molino de Floss En relación con este último punto, Lucy tenÃa unos astutos proyectos, y después de que ella y Maggie recorrieran la brillante y peligrosa escalera para pasar al bello salón, donde los mismos rayos de sol parecÃan más limpios que en cualquier otro lugar, atacó el punto débil del enemigo, como habrÃa hecho cualquier otro gran estratega.
—TÃa Pullet —dijo, sentándose en el sofá y arreglando con mimo la cinta de la cofia de la dama—. Quisiera que pensara en la ropa y en los objetos de casa que va a dar a Tom para que se instale; como es usted siempre tan generosa, regala siempre objetos muy bonitos; y si da ejemplo, la tÃa Glegg lo seguirá.
—Si no puede, querida —declaró la señora Pullet con inusual energÃa—, porque su ropa no se parece ni de lejos a la mÃa, eso te lo puedo asegurar. Nunca tendrÃa mi buen gusto, ni que se gastara tanto como yo. Cuadros grandes y animales, como ciervos y zorros, asà son todos sus manteles. Ni rombos ni lunares. Pero es una pena que una divida la ropa antes de morir. No pensaba hacerlo, Bessy —prosiguió la señora Pullet, moviendo la cabeza y mirando a su hermana Tulliver—, cuando tú y yo escogimos el doble rombo, el primer lino que hilamos, y el Señor sabrá adónde ha ido a parar tu ropa.