El molino de Floss
El molino de Floss Al final no llovió; las nubes rodaron de nuevo hacia el horizonte y formaron la gran muralla purpúrea y las largas islas rojizas de ese maravilloso reino que se nos revela cuando se pone el sol: la tierra sobre la que vela el lucero de la tarde. Maggie dormiría toda la noche en la popa, estaría mejor que en la bodega, y la cubrieron con las mantas más cálidas que había en el barco. Era todavía temprano cuando el cansancio del día le produjo un soñoliento deseo de descansar, y recostó la cabeza mientras contemplaba cómo se extinguía el débil arrebol en el oeste, allí donde la única lámpara dorada se hacía cada vez más brillante. Después levantó la vista hacia Stephen, que seguía sentado a su lado, inclinado sobre ella mientras apoyaba el brazo en el costado de la embarcación. Detrás de todas las visiones deliciosas de las últimas horas, que habían fluido sobre ella como una suave corriente y la habían dejado completamente pasiva, existía la tenue conciencia de lo efímero de la situación y de que el día siguiente traería consigo la antigua vida de lucha, que algunos pensamientos se vengarían de aquel olvido. Sin embargo, en aquel momento todo era confuso: la suave corriente seguía fluyendo sobre ella y las deliciosas visiones se fundían y desvanecían como el maravilloso y etéreo reino de poniente.