El molino de Floss
El molino de Floss El carruaje la llevaba hacia York, todavía más lejos de su casa, pero no se enteró hasta que se apeó en la vieja ciudad a medianoche. No importaba: podía dormir allí y ponerse en marcha hacia su casa al día siguiente. Llevaba el monedero en el bolso con todo su dinero: un billete y un soberano. Lo había olvidado allí tras ir de compras dos días antes.
¿Se acostó aquella noche en el lúgubre dormitorio de la vieja posada firmemente decidida a seguir el camino del sacrificio penitente? Los grandes combates de la vida no son tan sencillos; los grandes problemas no resultan tan claros. En la oscuridad de aquella noche, veía el apenado rostro de Stephen vuelto hacia ella, lleno de pasión y reproche. Revivía la trémula delicia de su compañía que convertía la existencia en un flujo de alegría en lugar de un esfuerzo firme y callado: el amor al que había renunciado regresaba a ella con un cruel encanto, sentía que abría los brazos para recibirlo otra vez y entonces parecía escabullirse, desvanecerse y esfumarse, dejando tras de sí el sonido de una voz profunda vibrante que decía: «Se ha ido… se ha ido para siempre».