El molino de Floss
El molino de Floss Sólo quienes han sufrido un duro combate interno pueden saber lo que sintió Maggie cuando se quedó sentada y sola aquella tarde tras oír la noticia trasmitida por la señora Glegg; sólo lo entenderán quienes sepan lo que es temer que se cumplan los deseos egoístas, de la misma manera que la madre en vela temería el somnífero que debe apaciguar su dolor.
Permaneció en la penumbra sin ninguna vela, con la ventana abierta de par en par sobre el río; la sensación de calor opresivo se sumaba de modo indistinguible a la carga de su destino. Sentada en una silla frente a la ventana, con el brazo en el alféizar, miraba inexpresivamente el fluir del río, acelerado por el movimiento de la marea, esforzándose en ver todavía el dulce rostro de una tristeza sin reproches, que parecía ahora hundirse y esconderse tras una forma que se interponía, oscureciéndolo todo. Oyó la puerta y pensó que era la señora Jakin con la cena, como de costumbre; y con esa repugnancia ante la conversación banal que acompaña a la languidez y la desdicha, ni siquiera se volvió hacia la puerta para decir que no quería nada: seguro que la pequeña y bondadosa señora Jakin haría algún comentario bienintencionado. Sin embargo, al instante siguiente, sin haber oído el rumor de pisada alguna, sintió una mano ligera sobre el hombro y oyó que una voz cercana le decía:
—¡Maggie!