El molino de Floss

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Allí estaba su rostro, cambiado, pero igualmente dulce: allí estaban los ojos color avellana, de una ternura que atravesaba el corazón.

—¡Maggie! —dijo la voz queda.

—¡Lucy! —contestó una voz teñida de angustia.

Y Lucy abrazó a Maggie y apoyó la pálida mejilla contra una frente ardiente.

—He salido a hurtadillas cuando papá y los demás estaban fuera —susurró Lucy mientras se sentaba junto a Maggie y le tomaba la mano—. Alice me ha acompañado, le pedí que me ayudara. Pero sólo puedo quedarme un poco, porque es ya muy tarde.

No era fácil seguir hablando. Permanecieron sentadas, mirándose. Parecía que el encuentro terminaría sin más conversación, porque ésta resultaba muy difícil. Ambas sabían que las abrasarían las palabras que recordaran el error irreparable. Pero mientras Maggie contemplaba a su prima, una ola de arrepentimiento y palabras cariñosas estalló con un sollozo.

—Dios te bendiga por haber venido, Lucy.

Los sollozos de ambas se hicieron más intensos.

—Tranquilízate, Maggie —dijo Lucy, acercando de nuevo la mejilla a la de Maggie—. No sufras. Y permaneció inmóvil, con la esperanza de calmar a Maggie con aquella caricia.


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