El molino de Floss
El molino de Floss —No querÃa engañarte, Lucy —dijo Maggie en cuanto pudo hablar—. Me atormentaba sentir algo que no querÃa que supieras… Pensaba que podrÃa dominarlo, que nunca verÃas nada que te hiciera daño.
—Lo sé, querida —dijo Lucy—. Sé que no querÃas hacerme infeliz… Es como si nos hubiera caÃdo encima una desgracia: para ti es más difÃcil y, además, lo abandonaste… Debió de ser muy duro.
Permanecieron en silencio de nuevo unos instantes, con las manos unidas y las mejillas juntas.
—Lucy —dijo Maggie de nuevo—, él también luchó, querÃa serte leal. Volverá contigo, perdónalo, entonces podrá ser feliz…
Estas palabras salieron de lo más profundo del alma de Maggie con un esfuerzo convulso, como el de un hombre que se ahogara. Lucy tembló y permaneció en silencio.
Sonó un golpe suave en la puerta. Era Alice, la doncella.
—No me atrevo a estar aquà por más tiempo, señorita Deane. Se darán cuenta de que ha salido y se enfadarán mucho cuando regrese tan tarde.