El molino de Floss
El molino de Floss En aquel momento, todos estaban en la cama, porque era ya más de medianoche: todos, excepto algunos insomnes solitarios como Maggie. Estaba sentada en el pequeño salón, frente al río, con una vela que dejaba en penumbra toda la habitación menos la carta que tenía ante sí en la mesa. La carta, que había recibido durante el día, era una de las causas de estuviera todavía en pie, ajena al paso de las horas y sin preocuparse de buscar descanso, pues no concebía ya otro que el reposo lejano del que no volvería a despertar a esta vida terrenal llena de luchas. Dos días antes de recibir la carta, Maggie había ido a la rectoría por última vez. Desde entonces, la fuerte lluvia le habría impedido ir, pero no era ése el único motivo de su ausencia. El doctor Kenn, que al principio se enteró por algunas insinuaciones del sesgo que estaban tomando los chismorreos y las calumnias sobre Maggie, se había informado de todo a través de los vivos reproches de uno de sus parroquianos, el cual insistió en lo poco adecuado que era oponerse a través de la resistencia a los sentimientos dominantes en la parroquia. El doctor Kenn, que tenía la conciencia muy tranquila, se sentía inclinado a perseverar y era reacio a ceder ante un sentimiento público odioso y despreciable; pero terminó cediendo tras considerar que la responsabilidad de su cargo le exigía evitar la apariencia del mal y que esta «aparienci» depende siempre de la calidad media de las mentes del entorno. Allí donde éstas son toscas y groseras, la extensión de esta «aparienci» se amplía de modo proporcional. Quizá corría el peligro de actuar movido por la obstinación; tal vez fuera su deber rendirse: las personas escrupulosas son capaces de advertir en qué momento el deber exige tomar el camino más difícil, y para el doctor Kenn siempre había sido doloroso echarse atrás. Decidió que debía aconsejar a Maggie que se marchara de Saint Ogg’s una temporada; y llevó a cabo esta difícil tarea con tanta delicadeza como pudo, limitándose a decirle vagamente que su permanencia era una fuente de discordia entre él y sus parroquianos que podría dificultar su utilidad como pastor. Le rogó que le permitiera escribir a un amigo suyo, también clérigo, que podría tomarla como institutriz; y, si él no podía, tal vez conociera algún puesto para una joven por cuyo bienestar el doctor Kenn se interesaba vivamente.