El molino de Floss
El molino de Floss Durante varias horas, Maggie se sintió como si su lucha hubiera sido en vano. Durante varias horas, la imagen de Stephen esperando la palabra que lo llevara hacia ella barrió cualquier otra idea. Maggie no había leído la carta: había oído la voz de Stephen pronunciando cada palabra, y su voz había tenido la misma extraña capacidad de conmoverla. A lo largo del día anterior se había alzado ante sí la visión de un futuro solitario que debería recorrer con la carga del arrepentimiento y con la única ayuda de la fe. ¡Y ahora, al alcance de la mano, imponiéndose casi como un derecho, se le presentaba otro futuro en el que en lugar de penalidades y esfuerzos se le ofrecía la posibilidad de descansar en la fuerza amorosa de otra persona! Y, sin embargo, esa promesa de alegría en lugar de tristeza no era la mayor tentación para Maggie. Lo que le hacía vacilar era el tono de tristeza de Stephen, la duda sobre la justicia de su decisión, y fue eso lo que hizo que en una ocasión se levantara de su asiento para tomar papel y pluma y escribir: «¡Ven!».