El molino de Floss
El molino de Floss Pero cuando estaba a punto de realizar ese acto decisivo, se echó atrás; y con un pinchazo, como si fuera una degradación consciente, sintió que aquello estaba en contradicción con su forma de ser en los momentos de fuerza y clarividencia. No —debÃa esperar, debÃa rezar—, la luz que habÃa visto volverÃa: sentirÃa otra vez lo mismo que cuando huyó, empujada por una inspiración lo bastante fuerte para vencer la agonÃa, para vencer el amor: debÃa sentir otra vez lo mismo que cuando Lucy estaba a su lado, cuando la carta de Philip habÃa hecho vibrar todas las fibras que la unÃan a un sosegado pasado.
Permaneció sentada y quieta, dejando pasar las horas de la noche: sin impulso para cambiar de actitud, sin fuerzas siquiera para rezar mentalmente: sólo esperaba la luz que, sin duda, volverÃa.
Y la luz llegó con los recuerdos que ninguna pasión podÃa apagar durante mucho tiempo: el pasado regresó y, con él, la fuente de la piedad, la renuncia y el afecto, la lealtad y la decisión. Las palabras que señalaba la mano quieta en el librito que habÃa aprendido de memoria tiempo atrás brotaron en sus labios y encontraron salida en un bajo murmullo que se perdió en el estruendo de la lluvia contra la ventana y el fuerte gemido del viento: «He recibido la Cruz, la he recibido de tu mano; cargaré con ella y la soportaré hasta la muerte, puesto que tú me la has dad».