El molino de Floss
El molino de Floss Pero no tardaron en surgir otras palabras, que sólo podían expresarse en sollozos: «¡Perdóname, Stephen! Todo pasará. Volverás con ell». Tomó la carta, la acercó a la vela y dejó que ardiera lentamente en la chimenea.
«Cargaré con ella, la soportaré hasta la muerte… ¡Pero cuánto tiempo queda hasta que llegue la muerte! Soy tan joven, tan sana. ¿Cómo voy a tener fuerza y paciencia? ¡Oh, Dios mío! ¿Tendré que luchar, caer y volver a arrepentirme? ¿La vida me reserva pruebas tan duras como éstas?». Con este grito de desesperación de sí misma, Maggie cayó de rodillas contra la mesa y ocultó el rostro lleno de dolor. Su alma se elevó hacia la Piedad invisible que estaría con ella hasta el fin. ¿Acaso la experiencia le enseñaría algo y estaría aprendiendo el secreto de la ternura y el sufrimiento humanos, que quizá otros que no erraban desconocían? «Oh, Dios mío, si mi vida ha de ser larga, deja que viva con tu bendición y consuelo».
En aquel momento, Maggie se sobresaltó con una sensación de frío repentino en las rodillas y en los pies: el agua corría por el suelo. Se puso en pie de un brinco: el agua entraba por debajo de la puerta que conducía al pasillo. No se sintió desconcertada ni un instante: sabía que el río se había desbordado.