El molino de Floss
El molino de Floss El tumulto de emociones que había estado soportando durante las últimas doce horas parecía haberle dejado una gran calma: sin gritar, con la vela en la mano, se encaminó a toda prisa al dormitorio de Bob Jakin. La puerta estaba entornada, entró y lo sacudió por el hombro.
—¡Bob! ¡Se ha desbordado el río! ¡Entra agua en la casa! Vamos a ver si podemos poner a salvo los botes.
Maggie encendió la vela de Bob mientras su pobre esposa agarraba a la nena y empezaba a gritar; después bajó corriendo las escaleras para ver si las aguas subían deprisa. A los pies de la escalera había una puerta que daba a una habitación, situada un peldaño más abajo: el agua llegaba ya a ese escalón. Mientras miraba, algo chocó contra la ventana con un tremendo estruendo y lanzó hacia el interior de la casa los cristales emplomados y el viejo marco de madera hechos añicos, tras lo cual el agua irrumpió torrencialmente.
—¡Es el bote! —gritó Maggie—. ¡Bob, ven a coger los botes!
Y sin miedo alguno se metió en el agua, que le llegaba ya a las rodillas, y, a la temblorosa luz de la vela que había dejado en las escaleras, subió al alféizar y trepó al interior del bote, que metía la proa por la ventana. Bob no tardó en bajar a toda prisa sin medias ni zapatos, pero con la linterna en la mano.