El molino de Floss

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—¡Vaya! Si están aquí los dos, los dos botes —dijo Bob mientras se metía en el que estaba Maggie—. Qué suerte que no se hayan roto el amarre ni el embarcadero.

Con la agitación de subir al otro bote, desatarlo y coger un remo, a Bob no le inquietó el riesgo que corría Maggie. Cuando compartimos el peligro, no tememos por quienes no tienen miedo, y Bob estaba concentrado en pensar en diversas alternativas para garantizar la seguridad de los seres indefensos que se encontraban dentro de la casa. El hecho de que Maggie hubiera estado en pie, lo hubiera despertado y hubiera tomado la iniciativa le daba a Bob la vaga impresión de que era alguien que le ayudaría a proteger a los demás y no necesitaba protección. Maggie también se había apoderado de un remo para empujar y sacar el bote de la ventana.

—El agua sube tan aprisa que creo que no tardará en llegar a las habitaciones, la casa es muy baja —dijo Bob—. Casi que prefiero meter a Prissy, la nena y mi madre en el bote y fiarme del agua, porque la casa es vieja y poco segura. Y si dejo el bote… ¡pero usted! —exclamó, levantando repentinamente la linterna hacia Maggie, que estaba de pie bajo la lluvia, con el remo en la mano y el cabello negro al viento.


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