El molino de Floss
El molino de Floss Maggie no tuvo tiempo de contestar, porque una nueva ola avanzó entre las casas y arrastró los dos botes hacia la corriente principal con tal fuerza que los llevó más allá del punto de confluencia con la corriente del río.
Durante los primeros momentos, Maggie no sintió nada y creyó que acababa de abandonar esta vida que tanto había temido: aquello era el trance de la muerte sin agonía y estaba sola en la oscuridad con Dios.
Había sido todo tan rápido —tan irreal— que se habían roto los vínculos de la usual asociación de ideas: se dejó caer sobre el banco, agarró el remo de modo reflejo y, durante un rato, no fue consciente de dónde se encontraba. Lo primero que la hizo reaccionar fue el fin de la lluvia y la sensación de que una débil luz dividía la oscuridad en dos y permitía distinguir entre la penumbra situada en lo alto y la inmensidad de las aguas. La arrastraba la inundación: esa terrible visita de Dios de la que tanto hablaba su padre, pesadilla de sus sueños infantiles. Y ese pensamiento trajo consigo la visión de su casa, de Tom, de su madre, con quienes escuchaba esas historias.
—¡Dios mío! ¿Dónde estoy? ¿Por dónde se va a casa? —gritó en la oscura soledad.