Middlemarch

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—¡Nada frecuente! —repetía Caleb—. Ha dicho una cosa que yo pensaba con frecuencia cuando era muchacho: «Señor Garth, me gustaría poder recordar, si llego a vieja, que he hecho mejoras en una gran extensión de tierra y que he construido muchas viviendas de buena calidad, porque se trata de un trabajo que es sano mientras se hace y porque, después de hacerlo, los hombres se convierten en mejores personas». Esas fueron sus palabras: esa es la forma que tiene de ver las cosas.

—De una manera femenina, espero —dijo la señora Garth, sospechando a medias que quizá la señora Casaubon no se atuviera al principio natural de la subordinación.

—¡Puedes estar segura! —dijo Caleb, moviendo la cabeza—. Te gustaría oírla hablar, Susan. Utiliza unas palabras muy sencillas y tiene una voz que parece música. ¡Qué digo!, me recuerda a trozos del Mesías… «e inmediatamente apareció un ejército de la milicia celestial, alabando a Dios y diciendo…»; el tono de su voz da satisfacción a cualquier oído.

Caleb era muy aficionado a la música y cuando se lo podía permitir iba a oír un oratorio que se interpretara por los alrededores; luego volvía a casa con una profunda reverencia a su grandiosa estructura tonal, que le hacía sentarse con gesto meditabundo, mirando al suelo, y lanzando al aire muchas frases ininteligibles con los brazos extendidos.


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