Middlemarch
Middlemarch —Y ¿cuándo regresarás? —dijo, con una nota de amargura en la voz.
—A la hora de cenar. Por supuesto, no hablaré de este asunto con mamá. —Rosamond estaba convencida de que ninguna mujer podÃa comportarse de manera más irreprochable; y fue a sentarse de nuevo en su mesa de trabajo. Lydgate se quedó meditando un minuto o dos y el resultado fue que dijo, con algo de la antigua emoción:
—Puesto que somos marido y mujer, Rosy, no deberÃas dejarme solo cuando se presenta la primera dificultad.
—Claro que no —dijo Rosamond—; haré todo lo que haya que hacer.
—No es correcto que se deje este asunto en manos de los criados o que me vea obligado a explicárselo. Y no tendré más remedio que salir mañana… no sé a qué hora. Comprendo que rehúyas la humillación de estas cuestiones de dinero. Pero, mi querida Rosamond, tratándose de un asunto de amor propio, que yo siento tanto como puedas sentirlo tú, sin duda es mejor que nos ocupemos nosotros y que los criados participen lo menos posible; y puesto que eres mi mujer, no hay manera de evitar tu parte en mi ignominia… si tal ignominia existe.
Rosamond no contestó inmediatamente, pero finalmente dijo:
—De acuerdo, me quedaré en casa.