Middlemarch

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—No voy a tocar las joyas, Rosy. Llévatelas. Pero voy a hacer una lista de los cubiertos que podemos devolver y que habrá que empaquetar para enviarlos.

—Los criados se enterarán de eso —dijo Rosamond, con un toque casi imperceptible de sarcasmo.

—Bien, debemos aceptar algunas cosas desagradables que son imprescindibles. Me gustaría saber dónde está la tinta —dijo Lydgate, levantándose y arrojando la factura sobre la mesa más grande, donde tenía intención de escribir.

Rosamond fue a buscar el tintero y después de colocarlo en la mesa se disponía a marcharse cuando Lydgate, que estaba de pie muy cerca, la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí, diciendo:

—Vamos, cariño, pongamos al mal tiempo buena cara. Confío en que solo tengamos que ser tacaños y escrupulosos durante una temporada. Dame un beso.

Resultaba muy difícil ahogar su bondad natural, y parte de la hombría de bien de un marido es lamentar vivamente que una muchacha inexperta encuentre dificultades por haberse casado con él. Rosamond recibió el beso de Lydgate y se lo devolvió sin ganas, y de esa manera se restableció de momento una apariencia de mutuo acuerdo. Pero Lydgate no pudo evitar mirar con temor las inevitables discusiones futuras sobre gastos y sobre la necesidad de un completo cambio en su forma de vivir.


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