Middlemarch

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Como podía esperarse, el señor Casaubon pasó buena parte de su tiempo en Tipton Grange durante aquellas semanas, y los retrasos que cortejar a su prometida ocasionaban a la marcha de su gran obra —la Llave de todas las mitologías— le hacían lógicamente desear con mayor intensidad la feliz conclusión de aquel período. Pero, de todas formas, aceptó con gusto tales retrasos, convencido de que había llegado el momento de adornar su vida con los placeres de la compañía femenina, e iluminar así, gracias al despliegue de la fantasía del sexo débil, la tristeza que la fatiga podía producirle en los intervalos de descanso entre jornadas de trabajo erudito, asegurándose con ello, en la plena madurez, el solaz de las atenciones femeninas para los últimos años de su vida. De aquí que decidiera abandonarse a la corriente del sentimiento, sorprendiéndose quizá al descubrir que se trataba de un arroyuelo muy poco profundo. De la misma manera que en regiones áridas el bautismo por inmersión solo se lleva a cabo simbólicamente, el señor Casaubon descubrió que unas cuantas salpicaduras eran lo más parecido a una zambullida que su propio cauce estaba en condiciones de proporcionarle; y llegó a la conclusión de que los poetas exageraban mucho la intensidad de la pasión varonil. Observó, sin embargo, con placer, que la señorita Brooke manifestaba un ardiente y sumiso afecto que prometía colmar sus más agradables previsiones sobre el matrimonio. En una o dos ocasiones se le cruzó por la cabeza la idea de que posiblemente existiese alguna deficiencia en Dorothea que explicara lo moderado de su propia entrega, pero no logró percibir tal deficiencia ni imaginar por su cuenta una mujer que pudiera haberle complacido más; quedaba claro que la única explicación posible eran las exageraciones de la tradición.


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