Middlemarch
Middlemarch Algunos caballeros han conseguido hacer una figura sorprendente en el mundo literario al presentar el descontento general con el universo como una trampa de monotonía en la que su alma, dotada de grandeza, ha caído por error; pero el sentimiento de un yo maravilloso y de un mundo insignificante puede tener sus consuelos. El descontento de Lydgate, en cambio, era mucho más difícil de soportar por estar ligado al convencimiento de que, pese a tener a su alcance una gran existencia dedicada al pensamiento y a la acción eficaz, su personalidad se asfixiaba poco a poco en el miserable aislamiento de unos miedos egoístas y en la ansiedad vulgar por unos hechos que pudieran apaciguar tales miedos. Sus dificultades quizá parezcan terriblemente sórdidas e indignas de la atención de personas encumbradas que no saben nada de deudas excepto a gran escala. Sin duda alguna, las dificultades de Lydgate eran sórdidas; y para la mayoría de los seres humanos, que no son personas excelsas, no existe otra manera de escapar a la sordidez que verse libre del ansia de dinero, con todas sus esperanzas y tentaciones rastreras, con su aguardar a que mueran otros, con sus peticiones tan solo insinuadas, con sus deseos de mercachifle de hacer pasar lo malo por bueno, con su búsqueda de puestos que deberían ser para otros y con su frecuente anhelo de que llegue la suerte en forma de gran calamidad.