Middlemarch
Middlemarch Como es lógico, la alegre Navidad, al traer consigo el feliz Año Nuevo, momento en que los proveedores esperan que se les paguen los servicios y mercancías que, con una sonrisa en los labios, han suministrado a sus vecinos, aumentó hasta tal punto la presión de una serie de preocupaciones sórdidas que a Lydgate apenas le resultaba posible pensar sin interrupciones en otras cosas, incluso las más habituales y absorbentes. El joven médico no era un hombre malhumorado; su actividad intelectual, la bondad ardiente de su corazón, así como su recia contextura física, lo habrían conservado, en circunstancias normales, por encima de las mezquinas susceptibilidades incontroladas que determinan el mal carácter. Pero Lydgate era presa ya del peor tipo de irritación, que no surge simplemente de molestias repetidas, sino de un segundo descubrimiento por debajo de esas molestias; se había dado cuenta de que malgastaba sus energías y de que vivía angustiado por preocupaciones mezquinas, exactamente lo contrario de su intención original. «Esto es lo que estoy pensando; y eso es lo que podría haber estado pensando» era el amargo murmullo que se repetía en su interior, convirtiendo cualquier dificultad en doble aguijón para la impaciencia.