Middlemarch
Middlemarch Lydgate tenía sin duda buenas razones para reflexionar sobre la importancia de la atención a su clientela como contrapeso de sus preocupaciones personales. Ya no contaba con suficiente energía sobrante ni para la investigación ni para el pensamiento especulativo, pero junto a la cabecera de sus pacientes los urgentes llamamientos a su pericia profesional y a su capacidad de comprensión le proporcionaban el impulso necesario para olvidarse de sí mismo. No se trataba simplemente del benéfico yugo de la rutina que permite vivir respetablemente a hombres estúpidos y con serenidad a otros que son muy desgraciados… Era una perpetua exigencia de nuevas e inmediatas aplicaciones del pensamiento y de tener en cuenta las necesidades y tribulaciones de otras personas. Muchos de nosotros, al volver la vista atrás sobre nuestra vida, diríamos que el hombre más amable que hemos conocido ha sido un médico, o quizá aquel cirujano cuyo delicado tacto, dirigido por una percepción muy bien informada, vino en nuestra ayuda con una caridad más sublime que la de los taumaturgos. Algo de esa caridad dos veces bendita acompañaba siempre a Lydgate en su trabajo en el hospital o en las casas particulares, resultándole más útil que un opiato para tranquilizarlo y sostenerlo en sus ansiedades y frente a su sentimiento de deterioro mental.