Middlemarch
Middlemarch Las sospechas del señor Farebrother sobre el opiato estaban justificadas. Bajo la primera presión exasperante de dificultades previstas y la primera percepción de que su matrimonio, si se quería que no fuera una soledad esclavizada, tenía que convertirse en un constante esfuerzo por seguir queriendo sin preocuparse mucho de ser correspondido, Lydgate había probado una o dos veces una dosis de opio. Pero tan pasajeras escapatorias de las mazmorras del sufrimiento no llegaban a crearle hábito. Era un hombre fuerte, capaz de beber mucho vino, aunque no le gustara; y cuando los hombres que lo rodeaban consumían bebidas alcohólicas, él se dedicaba al agua con azúcar, sintiendo una compasión desdeñosa incluso por los primeros estadios de la euforia producida por el alcohol. Lo mismo le sucedía con el juego. En París había visto jugar mucho, y contemplaba a los jugadores como si se tratara de enfermos. Las posibilidades de ganar dinero de aquel modo le tentaban tan poco como la bebida. Pensaba entonces que las únicas ganancias que le interesaban tenían que conseguirse mediante un proceso consciente por el que elevadas y difíciles combinaciones llevaran a un resultado benéfico. El poder que Lydgate anhelaba no se podía representar por unas manos ávidas que sujetan un montón de monedas, ni por la satisfacción medio salvaje, medio estúpida, en los ojos de un hombre que se embolsa las apuestas de veinte compañeros cariacontecidos.