Middlemarch

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De hecho, Bulstrode se torturaba más de lo que a Raffles le permitía imaginar su alma grosera. A Harriet, su mujer, se había limitado a decirle que se cuidaba de aquella desgraciada criatura, víctima del vicio, porque en caso contrario podía llegar incluso a destruirse; dejó traslucir, sin mentir directamente, que existía un lazo familiar que le obligaba a prestar aquellos cuidados y que se daban en Raffles signos de alienación mental que exigían precauciones especiales. Él personalmente se llevaría lejos de allí a tan desgraciada criatura a la mañana siguiente. Con sus explicaciones, Bulstrode tenía la impresión de proporcionar a su mujer la mejor información para transmitir a sus hijas y a los criados, y de justificar el porqué de que nadie excepto él entrara en su habitación, ni siquiera para llevar comida y bebida al huésped. Pero vivió en un paroxismo de miedo ante la posibilidad de que alguien pudiese oír las atronadoras y directas referencias de Raffles a hechos del pasado o de que la señora Bulstrode cayera en la tentación de escuchar junto a la puerta. ¿Cómo podía evitarlo, excepto revelando su propio terror al abrir para comprobar si estaba allí? Es cierto que su mujer era una excelente persona, muy sincera y poco inclinada a utilizar un procedimiento rastrero para conseguir tan penosa información; pero el miedo era más fuerte que el cálculo de probabilidades.


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