Middlemarch
Middlemarch La suposición de que Raffles, a no ser que lo detuviera la muerte, regresaría a Middlemarch antes de que transcurriera mucho tiempo, había quedado plenamente justificada. La víspera de Navidad se presentó en Los Arbustos; Bulstrode estaba en casa para recibirlo e impedir que se comunicara con el resto de la familia, pero no pudo evitar del todo que las circunstancias de la visita lo comprometieran a él y alarmaran a su mujer. Raffles se mostró mucho menos manejable que en anteriores ocasiones ya que su estado crónico de desasosiego mental y los efectos progresivos de su habitual intemperancia borraban muy pronto la impresión que dejaba en él lo que se le decía. Insistió en quedarse en la casa y Bulstrode, forzado a elegir entre dos males, comprendió que retenerlo era mejor alternativa que dejarlo ir a la ciudad. El banquero lo alojó en su propia habitación durante la velada y estuvo presente hasta dejarlo acostado, mientras Raffles se divertía con las molestias que causaba a aquel compañero en el pecado tan respetable y tan extraordinariamente próspero, diversión que él justificaba irónicamente como alegría por la satisfacción de su amigo al poder agasajar a un hombre que le había sido de gran utilidad y que aún no había recibido la recompensa merecida. No faltaba un cálculo muy sagaz bajo aquellas bromas ruidosas: la fría determinación de extraer una cifra importante de las arcas de Bulstrode como pago para librarse de aquella nueva aplicación del potro de tormento. Pero la astucia se le fue un poco de las manos.